Sin embargo, cuando realmente nos envían algo decididamente rompedor y diferente, ¿cúal es la cara que realmente ponemos?, ¿estamos preparados para una nueva experiencia?. ¿Seguiremos aferrándonos (inconscientemente) a nuestros patrones limitadores preestablecidos?. ¿Porqué nos impedimos aceptar todo cambio que, por otra parte, es fundamental para el buen desarrollo del ser humano?.
De esta forma, es normal encontrar comportamientos comparativos con respecto a otras invitaciones. Que si la de mi hermana fué mejor, que si la de mi prima fué un desastre...¿Realmente hacemos la invitación que queremos o la que esperan nuestros familiares?.
Otra cuestión vendría dada por el obsoleto uso que se le dá al envio por correo de las susodichas invitaciones. Se hace del todo ilógico que inmersos como estamos ya en una sociedad completamente tecnificada, con internet incrustrado en todos los ámbitos de nuestra vida, se siga utilizando tan arcaico método. Facebook y el correo electrónico no sólo es rápido e instantáneo, sino que permite la completa interactuación con el interlocutor. Envías, te contestan, todo en un par de segundos. No puede ser más fácil. Por eso es absurdo seguir manteniendo vías tan estrechas de mentalidad simplemente porque es lo que siempre ha funcionado.
La duda está sembrada. Ya sólo quedan vuestras respuestas...


